¿Te tiras de cabeza a la pileta?

¿Alguna vez sentiste que la conexión con alguien que conociste hacia poco era taaaaaaaaaaan increíble que la relación avanzaba como si hubiera apretado el botón de fase-forward?
Clásico ejemplo: sabes racionalmente que no podés sentir amor por un chico a la cuarta vez que se ven y, sin embargo, tu boca deja escapar la frase maldita. O seguro tenés alguna amiga que se fue a vivir con su novio al poco tiempo de empezar a vivir con él. De una u otra manera, esos químicos cerebrales que te hacen sentir tan bien son los que te impulsan a pisar el acelerados a fondo.
El ímpetu de ese pico químico que sentís, esa fiebre del enamoramiento puede llevarte a apurar las cosas. Por inseguridad, también podés pensar que ésa es la mejor manera de afianzar el vínculo. En otras palabras, querés reforzar con hormigón lo que en tu mente es la relación más importante de tu vida y suponés que una instancia más comprometida funcionará como garantía. Encima, tu habilidad de razonar se fue volando por la ventana, porque en la gente enamorada disminuye la actividad del cortex prefrontal: la parte del cerebro asociada a la toma de decisiones. Hay, todavía, un tercer factor que dispara tu deseo de abreviar el trámite: vivimos en una cultura que nos enseña que el enamoramiento loco es amor, que se ama de esa manera. Es un malentendido cultural. La química es un estado transitorio, la pareja es una construcción, un proceso y como tal, leva tiempo.
En ese momento no podés ver la realidad, así que es peligroso un gran cambio de vida: embarazarte, irte a vivir con él, dejar el trabajo… como tardás unos meses en conocer más profundamente al otro por ahora sabés únicamente lo que él te contó… y también está enamorado. No es el mejor tiempo para tomar decisiones. Si tenés una personalidad extremadamente impaciente, un enamoramiento muy fuerte puede levarte a ponerle tanto gas a la relación como para terminar proporcionándoles nombres de bebé antes de haberle preguntado si quiere tener hijos… y con vos.
