Comprar y no usar
Comprar, comprar, comprar.
Es lo que dicta la tele, las revistas, los catálogos de moda, el supermercado, el shopping y según parece, también el corazón, ante liquidaciones finales, ofertas, promociones o la irresistible vidriera con prendas de temporada que marcan tendencia.
¿Acaso cargar un sinfín de bolsas llenas de zapatos, carteras, abrigos y accesorios no genera un placer inigualable? El gran dilema es ¿Cuánto de lo que se compra en ese impulso pasional realmente se usa? En la actual sociedad de consumo tener ciertas cosas también da poder. Conseguir aquello que otro también desea nos aporta un ingrediente extra al encanto de la compra. Consumimos porque nos da placer.
Es bastante frecuente que el hecho de comprar se transforme en una especie de terapia. Si nos enojamos con alguien o nos fue mal ese día, no es raro que terminemos yendo a un shopping o cambiando de look en la peluquería. A todas nos sucedió alguna vez.
Tampoco es pecado mortal.
No está mal que cada tanto se actúe de forma impulsiva. Tentar, nos tentamos porque la sociedad está preparada para que así sea. El tema es el límite, esa delgada línea entre el gusto por algo que nos hace sentir mejor y la adicción.
Se supone que el consumidor racional es aquel que entra en la tienda y compra lo había ido a buscar, paga y se va. Cada año se hacen diferentes investigaciones de mercado para evaluar el tipo de consumidor. Una de las diferencias importantes entre uno y otro es la actitud.
Para nosotras, la decisión de ir al shopping es previa a la elección del producto, para los hombres en cambios es planificada, van al centro comercial porque necesitan algo concreto. No es casualidad que el 80 % de los clientes del shopping sean mujeres. La mujer busca lo que denominamos la experiencia de compra. Para las mujeres la compra es una actividad en sí misma. Ahora, sepamos que no se puede ir contra la corriente, el mundo está diseñado para que uno no deje de comprar.
El tema es la medida. Hay que aprender a distinguir entre el deseo, la necesidad y el acto autentico de comprar, y estar atentas a aquellas señales de alarma que nos indican que una conducta puede ser patológica.
Cuando comprar se convierte en una rutina y la organización del día se centra en qué novedades hay para adquirir, recién ahí podemos hablar de adicción.
Sin quitarle importancia al asunto, hay que apuntar a la flexibilidad. Mientras se tenga un control de la situación, ir de compras y disfrutarlo no tiene por qué, ni debe, generar culpa.
Ésta bien que nos dé pacer y está bien, cada tanto, dejarse tentar por la moda.


